lunes, marzo 12, 2007

La locura se trata con música, garabato y color.

En la tercera dimensión, del tercer planeta, todo está disfrazado… todo tiene tres capas distintas y por lo general se reconocen sólo dos. La gente logra percibir hasta un doble sentido de las cosas, pero muy pocos han sobrepasado el límite del sentido. La sinestesia se recibe sólo en dos sensaciones; casi nadie le encuentra la quinta pata al gato cuando se la busca porque el sólo hecho de hacerlo ya lo hace ver absurdo ( lo hace ver con más que la luz y la vista… lo hace ver como cuando se ve con el sentido invisible con el que se reconoce). Pero en el surrealismo lo absurdo tiene lógica, en el sueño lo absurdo tiene sentido. Y el subconsciente es el más poderoso.

En la visión del mundo de un niño hay más sabiduría que en el lenguaje “consciente” de un adulto, pero el niño no tiene las herramientas para expresarlo en lenguaje consciente, y así parece que es absurdo lo que expresa, no porque sea absurdo, sino porque es imperceptible para el consciente. Sólo el inconsciente puede desenmascarar al sentido, cuando sabe revelarse, cuando se le pierde el miedo. El miedo está siempre en la puerta del tercer ojo, y cuando no es superado por el deseo de saber y de sentir, el miedo se convierte en aquello que impide la revelación. Uno nace sin miedo, pero en su relación con el mundo “consciente” lo va desarrollando, y por ello es preciso no alimentarlo. En el sueño el miedo se revela en forma se símbolos, se disfraza, y por eso es importante soñar para enfrentarlo.

Cuando el ser supera ese miedo e ingresa en el umbral desconocido, la perseverancia es la mejor arma para combatir la repetición, la repetición asusta al adulto, pero deleita al niño, lo estimula a seguir jugando, a jugar de nuevo, a repetir y a seguir quitándole el vestido a los sentidos. Al adulto cuando no lo asusta, lo aburre, lo cansa, lo deja inconsciente… entonces así come, y entonces así duerme, y así se droga sin saber que se droga para acoplarse a una realidad mecánica, siendo inconsciente de que detrás de cada cosa se esconde un símbolo, y que detrás de cada símbolo se encuentra una señal, un botón que se oprime para guiar la vida de los seres.

El la vida las cosas no aparecen, sino que entran a escena con sus respectivos olores, sabores, sonidos, formas y demás características sensoriales que contienen en sí un código indescifrable para el cuerdo, uno que apunta más al alma, al ego soñador, a la irreconocible esencia, y por eso dicen que los locos están más cerca de “dios”.

El pensamiento distrae al sentir, lo aminora, la meditación y la “descompensación cerebral” lo agudizan. Los psiquiatras no miran con el tercer ojo, no reconocen una dimensión más allá de la química, y tratan a la locura como una enfermedad, como un peligro para la humanidad, basados en patrones ficticios como un posible acto de violencia, y en su propia paranoia a lo que puede pasar, actúan desde el miedo, y por eso, por lo general, medican con urgencia y sólo atacan los síntomas… Y por eso también estoy en total desacuerdo con ellos. La locura es sólo un síntoma.

Cuando alguien tiene una “falla en el lenguaje”, todo lo que le hizo falta fue un “amor” incondicional, una conciencia de nacer por y para algo, una urgencia de ser atendido y entendido “a su manera”, un espacio-tiempo de expresión artística, “realizar un sueño”, pues todo lo que necesita para remediarse es la complacencia del espíritu, la que se concibe desde los significantes… para hallarlos, hay que empezar a callar y a dejar que el silencio se exprese… a indagar sobre cada señal que emite, mirando más allá de la forma, escuchando más allá que la vibración, desarrollando más los sentidos del olfato y el tacto, e independizarlos del gusto, dándose a la nueva experiencia, para poder dejar de temer a la locura, a lo “raro” y lo desconocido, y sólo así poder sanar la “psiquis” o, lo que para algunos es el alma.