domingo, octubre 19, 2008

La nueva devocion de la cebolla


No puede dejarse morir, ese es el problema. Dios se hace. Y quiero que exista dios, porque no puedo ser dios yo misma, porque el hecho de sentir, de hacerme como él, insensible, no me deja opciones que yo pudiera escoger con convicción. Dios, idiota, demonio, más… todo, todo. Y lo quieren solucionar con una pastilla… y lo quieren solucionar con lo que se sienta bien, con lo que no sienta nada, y lo quieren todo en contra de la voluntad, y una, que no es capaz de morir como dios, se deja, se hace, se ríe. Y siempre está el miedo, y lo quieren disfrazar conmigo, y no puede forzar más que la vida, con la excusa del sabor, llenándose como barril sin fondo de ideas, de las que al menos quisiera hacerse parte, pero ni el diablo puede seducirla, odia luego acepta el propio sentido, y no es nadie más, aunque aparente…
Ay sí, qué tabla y qué cuchillo, qué destrucción, qué cinismo, qué teatro tan maravilloso, lo único que quiero es tener que escoger más al sacrificio frente al daño. Me place tanto el sólo hecho de poder doler si quiero, y haber escogido estar consciente.

viernes, octubre 03, 2008

Cuéntame lo de la otra vez.

Había una vez una vez. Esta vez necesitaremos de otras veces para poder contarla.

Otra vez había un cuento. Esta vez era un cuento que no sabía qué contar, porque todos los cuentos ya los habían contado las otras veces. Una se llamaba Juana, otra no se acuerda, pero esta vez no vamos a contar sobre aquellas, sino sobre el cuento de la otra vez.

La otra vez venía el cuento llorando a la clase, porque no había hecho el deber, y el deber esa vez era ser contado por una voz que el cuento nunca encontró.

¿Cuántas veces tengo que contarte el mismo cuento?–le dijo la mamá, una vez cansada, y el cuentito se puso a llorar.
¡Otra vez llorando! Eres el colmo.

Esa vez era tan linda… que el cuento se enamoró de ella.
Llegaba todos los días luciendo botones de claveles en la cabellera, se veía tan hermosa, que las otras veces la envidiaban. Aunque las otras veces también tenían botones, pero éstos no eran flores sino accesorios para el vestido, si es que no eran los criados de la casa del cuentito.

El colmo en realidad nunca aparecía…creo que también estaba buscando algo para contar. Hasta que una vez floreció y se contaron pétalos, ramas, colores, arreglos; novelas de jardines en los que algunas veces se concebían otros relatos de amor y traición (de esas que al cuento lo hacían llorar).
Pero esas veces eran historias de verdad, no eran puros cuentos, como sí lo era éste al que nadie quería contar, ¡qué colmo!

Una vez cansada le contaba que había amanecido un poco gay y que se hallaba en medio de un campo de flores, y que tenía un tejado sostenido por maderos como el que a él le gustaba ilustrar en su imaginación, pero nunca le terminaba de contar lo de la otra vez porque siempre se quedaba dormida, y le decía: “la próxima vez te cuento el final”.

Y el final, ya sabía el cuentito que se había ido de vacaciones con el colmo, y como era de suponerse, esa vez tampoco hizo la tarea.

Pero lo importante es que esta vez podemos evitar que el cuentito llore contando con nuestra voz interior las veces y los cuentos de las que este mismo se colmó.