Carta del desalojo interno
Hoy no te extraño en el cuerpo.
No te busco.
No te deseo.
Y eso, que debería tranquilizarme, me asusta un poco.
Porque durante mucho tiempo te quise desde el cuerpo, desde la química, desde la piel, desde esa forma en que algo parecía encajar sin esfuerzo.
Y cuando eso ya no estaba, mi mente siguió buscando.
Buscando explicaciones.
Buscando finales.
Buscando razones para no soltar del todo.
No te escribo porque quiera que vuelvas.
Tampoco porque te odie.
Te escribo porque hay historias que no se cierran con conversaciones, sino con verdad.
Me dolió perder el lugar que tenía contigo.
Me dolió sentir que algo que fue refugio se volvió incierto.
Me dolió sostener la esperanza casi sola, mientras yo sí abría, sí confiaba, sí me quedaba.
No eras cruel.
Pero no eras disponible.
No eras un villano.
Pero no eras un lugar seguro.
Y esa es una verdad que me costó aceptar, porque yo quería quedarme en lo que sí funcionaba, en lo que sí era bonito, en lo que sí se sentía vivo.
Quería creer que eso bastaba.
Que podía disfrutar sin pedir más.
Que podía amar sin esperar reciprocidad real.
Pero no pude.
Y no porque sea débil.
Sino porque ya no quiero vivir fragmentada.
Hoy reconozco algo importante:
no te idealizo como antes.
No te necesito como antes.
No te espero como antes.
Lo que queda es nostalgia.
No del futuro.
Sino de lo que fue y ya no puede sostenerse.
Por eso hoy hago algo distinto.
No te expulso con rabia.
No te castigo.
No te niego.
Hoy te saco del centro de mi historia.
Te reubico.
Dejas de ser el punto de referencia.
Dejas de ser la medida.
Dejas de ser el “favorito” que mi mente invoca cuando tiene miedo al vacío.
No sé todavía qué viene después.
No tengo claridad absoluta.
No estoy plantando una promesa nueva.
Pero sí sé algo con certeza:
ya no me quedo donde me desarmo.
ya no negocio mi calma.
ya no espero a medias.
Esto no es un portazo.
Es un cierre silencioso.
Y esta vez, sostenido.
Aquí termino.
No porque no importe.
Sino porque ya no manda.


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